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Por eso el trato cariñoso y el lenguaje seductor. Si quiere vamos ahorita, lo vamos a hacer bien rico. Nos vamos a dar gusto— me incita, al tiempo que tiñe de negro sus pestañas, diminutos pétalos de la noche venidera. A esa hora, su clientela son los trabajadores que recién concluyen la jornada nocturna. Con 17 años llegó por primera vez a este parque, acompañando a una amiga a los arrabales del centro. Ya ella había incursionado en el oficio. Su rostro se iluminó al ver que podía ganar 50 colones por un rato de sexo.

Esa primera vez me gustó. Este es el preludio de la negociación y, posteriormente, el cierre del trato. Ya en el cuarto se producen desacuerdos con clientes, quienes, en estado de ebriedad, consideran que no recibieron el servicio completo.

Mari asegura con firmeza que no tiene la culpa. Los que no pueden acabar son ellos, por estar alcoholizados. Otros llegan al punto de amenazarla. El cliente no siempre tiene la razón. La primera vez fueron solo cuatro meses. La segunda cuatro años. El alcohol actuaba por ella y sacó la cuchilla, mas solo para imponer respeto. El cliente adujo un ataque, de ahí la condena. Después de eso toma menos. La ciudad ha sufrido los embates del tiempo y de la historia.

Este mismo parque, escenario de la guerra civil a finales de los años ochenta, ahora tiene otros vigías: Mari cuenta que no puede pasar dos cuadras a la redonda, porque sería territorio de la mara contraria. Cuando por necesidad transgrede esta ley, debe cambiarse de ropa. La división territorial decretada por el barrio 18 y la MS le garantiza protección. La pandilla la cuida, la respeta.

La tranquilidad y el resguardo nunca son completos, mucho menos durante las noches. En una ocasión dos pandilleros que vigilaban la zona las acusaron de trabajar para el bando contrario.

Nunca ha buscado problemas, por eso no se mete con ellos. Su nombre es Cristina. Es morena, pelo corto y minifalda de mezclilla.

La conversación se interrumpe constantemente ante la presencia de un joven de zapatillas negras bien lustradas y pantalón impecable, del mismo color. Lleva un crucifijo blanco en el cuello. Siempre que pasa nos regala un dulce o un cigarrillo.

La cosa es que solo nosotras podemos estar aquí. Si viene una desconocida, la corremos. Tenemos que pagar renta para trabajar en esta plaza. Y cuando no tenemos dinero pagamos con amor. Hasta a las putas rentean, fíjese. El viento despeina los cabellos y las facciones de las personas sentadas en las bancas de la plaza.

Una señora no despega los ojos de las dos mujeres. Pero a ellas no les importa. No me pregunte quién es el padre o los padres porque fue el tiempo en que bebía y me drogaba. Pero aquel hombre, de 40 años, era uno de los que le proveía las cosas que necesitaba o que quería y sus amigas la instaban a ese tipo de relación. Por eso, lo aguantaba todo. Frances nombre ficticio para ocultar su identidad no entendía muy bien lo que vivía.

En ese momento tan solo tenía 13 años y pensaba que solamente buscaba con ellos lo que su madre no le podía comprar. Entonces no entendía que se estaba prostituyendo. La mayoría fluctuaba entre los 25 y 40 años.

Daban dinero hasta por llegar en pantis a una casa Pero con esos ojos era que la veían a ella. Frances, muy madura ahora y quien habla de su experiencia con gran aplomo, comenzó a prostituirse cuando cursaba el séptimo grado.

Ya para entonces algunas de sus compañeras lo hacían y la instaban a imitarlas. La primera vez que se prostituyó fue con un hombre de 26 años, casado y con dos hijos.

No tiene hijos como Paola, pero le envía dinero a su madre. Que uno tenga que venir a acostarse con personas mayores, a veces vienen borrachos". Eso, de hecho, causó enojo entre las trabajadoras sexuales colombianas de Saravena, cuando todavía había muchas colombianas aquí.

En algunas partes de Colombia las mujeres cobran Y porque obvio ya estoy cansada de esto. Pero reflexiona unos instantes, como haciendo cuentas, y agrega: Si me sale algo mejor, pues no vuelvo".

También quiere cambiar de trabajo: Puede ser cierto para algunos, cuyas parejas son gordas tristes que nunca han pisado un gimnasio. La incógnita me lleva a sugerir ideas. Les pueden cambiar el nombre para recrear el sexo con una exnovia. Pueden hacer tríos , si eso es lo que quieren. Satisfacer cualquier oscuro deseo o fetiche. Otra idea que se me ocurre es que los hombres no tienen por qué fingir nada frente a una prostituta.

No tienen que probarle que son un polvo maravilloso. No tienen que decirle que la aman y que quieren pasar el resto de la vida con ella para que se los dé. A lo mejor, simplemente les gusta lo prohibido. Escabullirse una noche a otra cama para acostarse con otra mujer sin necesidad de tener un romance que complique las cosas y que los ponga en problemas.

O tal vez, ellas sí entienden. Ellas callan y escuchan si el tipo quiere hablar. No les dan lata. Este mismo parque, escenario de la guerra civil a finales de los años ochenta, ahora tiene otros vigías: Mari cuenta que no puede pasar dos cuadras a la redonda, porque sería territorio de la mara contraria.

Cuando por necesidad transgrede esta ley, debe cambiarse de ropa. La división territorial decretada por el barrio 18 y la MS le garantiza protección. La pandilla la cuida, la respeta. La tranquilidad y el resguardo nunca son completos, mucho menos durante las noches.

En una ocasión dos pandilleros que vigilaban la zona las acusaron de trabajar para el bando contrario. Nunca ha buscado problemas, por eso no se mete con ellos.

Su nombre es Cristina. Es morena, pelo corto y minifalda de mezclilla. La conversación se interrumpe constantemente ante la presencia de un joven de zapatillas negras bien lustradas y pantalón impecable, del mismo color. Lleva un crucifijo blanco en el cuello. Siempre que pasa nos regala un dulce o un cigarrillo. La cosa es que solo nosotras podemos estar aquí. Si viene una desconocida, la corremos. Tenemos que pagar renta para trabajar en esta plaza.

Y cuando no tenemos dinero pagamos con amor. Hasta a las putas rentean, fíjese. El viento despeina los cabellos y las facciones de las personas sentadas en las bancas de la plaza.

Una señora no despega los ojos de las dos mujeres. Pero a ellas no les importa. No me pregunte quién es el padre o los padres porque fue el tiempo en que bebía y me drogaba. En una de esas loqueras me preñaron. Ellas saben lo que yo hago, y me apoyan. Siempre le quito importancia a la relación padre-hijas.

Cada dólar que gano es para ellas. Yo me conformo con un poquito de frijoles y queso. En la calle siempre me invitan, pero hay días en que la paso mal.

Quien se dedica a esta opaca ocupación también sigue unas costumbres y una vida que, a su modo, conforman una existencia cotidiana. La segunda cuatro años. Tampoco permitimos publicaciones que puedan contravenir la ley o falten gravemente a la verdad probada o no judicialmente, como calumnias, o promuevan actitudes violentas, racistas o instiguen al odio contra alguna comunidad. En los ratos libres—que es cuando tiene la menstruación, porque trabaja toda la semana— las lleva a pasear a los lugares del centro donde nadie la conoce. Confesiones del día a día. Fui feliz siendo madre y esposa.

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